La casa de mi abuela fue, durante muchos años, sitio de runiones y soledad, de fiestas y no tan buenos momento, navidades, años nuevos, cumpleaños, y un funeral. Mi abuelo terminó relaciones con este mundo el 30 de mayo de 2009, y desde entonces, entrar en lo que fue su cuarto es una experiencia un tanto incómoda. Mi hermana siente miedo, porque a pesar de haber conocido bien a su abuelo, teme que una aparición repentina y transparente no sea tan inofensiva. Mi papá se deja acosar por la nostalgia, mientras que mi abuela no exhala suspiros. Mi hermano... realmente no tengo idea. Pero como si la invisibilidad de tal persona, que no sè si está o no, me tira la impresión de que además de no dejarse ver puede percibir pensamientos. Se me ocurre pensar que no solo está muerto, sino comido por los gusanos. No me gusta pensar en eso, pero una parte caprichosa de mi mente quiere saber qué pasaría si él leyera ese pensamiento. Y de igual manera, me preocupa mi conciencia, ya que no está tan limpia y que ahora solo él y yo sabemos de lo que me arrepiento y me avergüenzo.
Y no aparece, solo se manifiesta en imágenes que creo que son del recuerdo y no solo de la imaginación. Salí del cuarto creyendo que ya nada podía hacer más que lavar mis gotas de mar. El baño puede no ser el mejor kugar para recordar a alguien, pero era ahí donde mi abuelo nos hacía poner de mal humor, y hacernos carcajear en cuestión de segundos. Mi viejo, que estaba en el comedor, apagó el televisor y contestó el teléfono. No pude ecuchar muy bien lo que decía, pero creo que estaba hablando con su hermano, el tío Carlos. Yo lavaba mi cara y me secaba. Cortado de una novela, me miré al espejo y me acordé de cuando mi abuelo llamaba a mi viejo y este acudía sin ganas ya que seguramente era para llamar un poco la atención. Se escuchaba que gritaba ¡¡Omar!! y mi viejo se agarraba la cabeza.
Por un momeno creí que era solo mi imaginación, que no había explicación más que un juego de la mente, una alucinación. Salí del baño ràpidamente y lo encontré a mi viejo, sentado y con una mano tapandose los ojos. -Omar, lo escuché. Escuché al abuelo.- dije. Bajó su mano, y entre lágrimas me dijo:- Yo también lo escuché.
Yo soy todo esto:
- El Rey De Los Hotros
- Creo que me tomo demasiado en serio lo subjetivo. Y mis objetivos son tan irreales, que parecen subjetivos.
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sábado, 24 de julio de 2010
viernes, 17 de octubre de 2008
¡Mama Mía, Qué Cagazo!
La vida campestre resultó ser más incómoda para mí después de todo. No pienso contarte sobre las gallinas ni las vacas, porque no es precisamente eso lo que me llevó a escribir esto. Una noche muy oscura cayó para mí la primera vez que fui al campo. Dadas las condiciones, mi idea era dormir temprano. No había televisor, las estaciones de radio sonaban a lluvia y tampoco había instalaciones eléctricas como para tener luz, aunque sea. Con lo único que contaba era con los fósforos, una vela y un libro, todo sobre la repisa que estaba a un metro y medio de altura sobre mi cama, por si escuchaba ruidos extraños durante la noche. Preguntame para qué puse la vela ahí.
Ya acostadito y listo para dormir, empecé a molestarme. Los perros que Don Antonio había dejado como herencia a Doña Marta comenzaron a ladrar con euforia. Afuera, solo animales de granja que para ellos ya eran conocidos. Dentro de ese cuarto ni veía nada.
Los perros hicieron un silencio lúgubre tan concentrado que mis oidos se transformaron en un zumbido constante. De la nada saltó un recuerdo terrorífico de una carcajada. Siempre había sentido miedo a la risa de Don Antonio, tanto miedo que cuando murió sentí un alivio. Fue catastrófico el sonar de la puerta, que se abrió con un ruido sordo y se cerró impactando como un disparo de bala. Me acordé de todos los santos y recé a velocidades extremas. Calculé que Dios no me había entendido lo que hablaba, porque los sucesos continuaron.
La oscuridad aún gobernaba, e incluso así sentía la presencia de alguien que me acompañaba. Sentí que se sentaba en el borde de mi cama y respiraba bajito, casi imposible de escucharlo. Intenté levantar el brazo para tomar los fósforos, pero el miedo me superaba y fue imposible hacerlo. No me movía, nisiquiera para respirar. Deseaba quedarme dormido o morirme, cualquier cosa que me sacara de ahí. Los nervios me taladraban el cuerpo, y quizás por eso di una patada eléctrica a la nada y ese cuerpo se movió. Quise gritar y no pude. Traté de luchar contra el pánico y dí un manotazo. Un maullido sonó y mi alma se calmó. Prendí la vela temblando y me di cuenta de todo: era ese gato hijo de puta.
A la tarde siguiente fui a la casa del vecino para ayudarlo, ya que éste estaba muy viejito y ya no le daban las fuerzas, y una vez caida la noche tomé mi bicicleta y partí rumbo a casa. En cuanto salí el perro me siguió unos metros y luego volvió. A poco de andar, me crucé con un hombre que, dado a la dencidad de la noche, reconocí cuando me saludó. Era el hermano de Don Antonio, que creí muerto ya que hacía mucho tiempo que no veía. Con una sonrisa dijo:-Ave María Purísima.- a lo que contesté:-Sin pecado concebida.-(Saludo campestre). Fue gracioso verlo con la camisa al revés, y me dí vuelta para verlo nuevamente, pero él ya no estaba.
La distancia entre cabaña y cabaña era de más o menos ocho kilómetros, y en bicicleta tardaba dos horas aproximadamente. Esa noche tardé tres minutos.
Nunca más volvería a salir de noche, y poco tiempo después decidí nunca más volver al campo.
Ya acostadito y listo para dormir, empecé a molestarme. Los perros que Don Antonio había dejado como herencia a Doña Marta comenzaron a ladrar con euforia. Afuera, solo animales de granja que para ellos ya eran conocidos. Dentro de ese cuarto ni veía nada.
Los perros hicieron un silencio lúgubre tan concentrado que mis oidos se transformaron en un zumbido constante. De la nada saltó un recuerdo terrorífico de una carcajada. Siempre había sentido miedo a la risa de Don Antonio, tanto miedo que cuando murió sentí un alivio. Fue catastrófico el sonar de la puerta, que se abrió con un ruido sordo y se cerró impactando como un disparo de bala. Me acordé de todos los santos y recé a velocidades extremas. Calculé que Dios no me había entendido lo que hablaba, porque los sucesos continuaron.
La oscuridad aún gobernaba, e incluso así sentía la presencia de alguien que me acompañaba. Sentí que se sentaba en el borde de mi cama y respiraba bajito, casi imposible de escucharlo. Intenté levantar el brazo para tomar los fósforos, pero el miedo me superaba y fue imposible hacerlo. No me movía, nisiquiera para respirar. Deseaba quedarme dormido o morirme, cualquier cosa que me sacara de ahí. Los nervios me taladraban el cuerpo, y quizás por eso di una patada eléctrica a la nada y ese cuerpo se movió. Quise gritar y no pude. Traté de luchar contra el pánico y dí un manotazo. Un maullido sonó y mi alma se calmó. Prendí la vela temblando y me di cuenta de todo: era ese gato hijo de puta.
A la tarde siguiente fui a la casa del vecino para ayudarlo, ya que éste estaba muy viejito y ya no le daban las fuerzas, y una vez caida la noche tomé mi bicicleta y partí rumbo a casa. En cuanto salí el perro me siguió unos metros y luego volvió. A poco de andar, me crucé con un hombre que, dado a la dencidad de la noche, reconocí cuando me saludó. Era el hermano de Don Antonio, que creí muerto ya que hacía mucho tiempo que no veía. Con una sonrisa dijo:-Ave María Purísima.- a lo que contesté:-Sin pecado concebida.-(Saludo campestre). Fue gracioso verlo con la camisa al revés, y me dí vuelta para verlo nuevamente, pero él ya no estaba.
La distancia entre cabaña y cabaña era de más o menos ocho kilómetros, y en bicicleta tardaba dos horas aproximadamente. Esa noche tardé tres minutos.
Nunca más volvería a salir de noche, y poco tiempo después decidí nunca más volver al campo.
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